¿Por qué Uganda es el país más acogedor del mundo?

Refugiados Uganda
17-6-2019

Autor : Begoña Rodríguez Pecino - Equipo de comunicación y contenidos de Ayuda en Acción

Hace cuatro años que Esther huyó de Sudán del Sur junto a su madre y hermanas después de que asesinaran a su padre durante el conflicto armado que asolaba el país:

 “Cuando la guerra comenzó muchos de nosotros perdimos a seres queridos, amigos, familiares… tuvimos que dejar atrás los lugares donde habíamos vivido, dejamos la escuela y vinimos aquí al campo. Recuerdo todo lo que sufrimos en nuestra huida. Llevábamos los pies descalzos y apenas podíamos beber o comer y escuchábamos los disparos… teníamos que correr lo más rápido que podíamos para poder salvar la vida. Estábamos aterrados con el ruido de los fusiles que no cesaba y veías caer a las personas a las que les alcanzaban los disparos enfrente de ti. Todavía hoy me vienen a la memoria esos recuerdos y no consigo dormir. Cuando llegamos a Uganda nos sentimos por fin seguros. Dejamos de oír los disparos de los rifles. Las personas aquí eran muy amables y nos acogieron muy bien”.

Esther, que hoy tiene 18 años, es una de los miles de personas que han encontrado refugio en Uganda, el país africano que más refugiados acoge y cuya política migratoria es considerada por la ONU como una de las más progresistas y abiertas del mundo.

Uganda, ejemplo de hospitalidad

Cada semana, unas 100 personas llegan a la frontera de Uganda. Demasiadas para un país al que se le agotan los recursos, pero muy pocas si tenemos en cuenta que entre 2016 y finales de 2017 entraban más de 2.000 personas al día. La mayoría son mujeres y menores que huyen de las guerras, el hambre y las miserias de sus países.

La lotería de la vida no ha sido generosa con estas personas que abandonan su hogar en busca de una tierra donde sentirse seguras y comenzar de cero. La mayoría proceden de Sudán del Sur, cuya guerra civil entre 2013 y 2018 ha matado ya a más de dos millones de personas y desplazado a otros cuatro, aunque esta última cifra no para de crecer.

Cuando pisan suelo ugandés están exhaustas, deshidratadas y, sobre todo, muy asustadas. Al llegar, reciben atención sanitaria, se les asigna documentación y un terreno donde poder vivir y cultivar sus propios alimentos. No viven en campamentos cerrados y apartados, sino en quince asentamientos ubicados junto a la población local en diferentes puntos del país, aunque la mayor parte se concentra en el norte.

Uganda posee la ley de refugiados más generosa que se conoce. Dictada en 2006, permite a estas personas disfrutar de todos los servicios que ofrece el país para poder vivir con dignidad: libertad de movimientos, acceso al mismo sistema sanitario y educativo que la población local, derecho al agua, acceso en igualdad de condiciones a trabajos remunerados, etc. Una hospitalidad que, sin embargo, contrasta con la falta de recursos: Uganda es uno de los países más pobres del mundo (su Índice de Desarrollo Humano la sitúa en el puesto 162 de 169 países) por lo que, a pesar de las buenas intenciones, su capacidad de respuesta se agota.

Una juventud que mira al futuro

Nuestro trabajo con personas refugiadas en Uganda lo realizamos en colaboración con el Servicio Jesuita al Refugiado, una de las pocas organizaciones que actualmente ofrece educación secundaria en los asentamientos del norte del país. En concreto, trabajamos en tres escuelas secundarias en Adjumani y Moyo, donde atendemos a más de 13.600 jóvenes.

Creemos que la educación en entornos seguros es fundamental para que la juventud refugiada en el país consiga un futuro digno. Esto implica no sólo garantizar el acceso a la secundaria, sino también el fomento de la cultura de la paz, diálogo y resolución de conflictos; así como la promoción de la igualdad de género y la sensibilización de las comunidades para prevenir la violencia machista.

El objetivo principal es asegurar que los jóvenes puedan tener oportunidades y evitar así que regresen a Sudán del Sur para enrolarse en alguna facción armada a cambio de dinero o que las chicas sean susceptibles de ser moneda de cambio en las familias para obtener recursos. Por suerte, los buenos resultados comienzan a llegar, como muestra el caso de Esther:

“Ahora recibo el apoyo de Ayuda en Acción para poder continuar mis estudios y estoy muy agradecida porque yo lloraba y estaba desesperada, había perdido la esperanza de poder seguir estudiando y recibiendo una educación. Pero el apoyo de Ayuda en Acción llegó justo en el momento necesario para que yo pudiera seguir estudiando. Quiero ser ingeniera, sé que es difícil y aquí es una carrera que creen que es solo para hombres, pero yo estoy decidida y lo voy a conseguir”, cuenta ilusionada.

Conoce más historias sobre nuestro trabajo en movilidad humana visitando la página Ayuda en Acción: Operación Salida.

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