Llevar agua potable a las comunidades, nuestro objetivo de voluntariado

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19-12-2018

Autor : María Solans, voluntaria del programa The Water Van Project en Bolivia

En el aeropuerto de Santa Cruz, sobre las 4 de la madrugada de un 17 de agosto, nos reunimos por primera vez los cinco voluntarios que formaríamos uno de los equipos del proyecto de The Water Van ProjectÉramos cinco desconocidos cargados de ilusión y ganas de aportar nuestra gota por un mundo mejor.

Tomamos el mismo avión hasta Sucre, donde nos esperaba Edwin, el responsable de IPTK, la organización local en la que Ayuda en Acción se apoya en la zona Ckochas-Puno, donde pasaríamos las siguientes semanas de voluntariado.

Ckochas es un municipio relativamente nuevo del Departamento de Potosí, en Bolivia. Se encuentra en una zona árida y montañosa a unas dos horas de Sucre, capital constitucional del país andino. Las carreteras son más parecidas a pistas de montaña y están plagadas de perros, que enloquecen cada vez que ven una movilidad, como llaman allí a los coches. La altitud media de las comunidades de la zona en la que nos quedábamos ronda los 4000 metros, por lo que prácticamente no hay vegetación. La vida, sin duda, no debe ser fácil allí, pero nuestra ilusión por ayudar estaba intacta, y además, sería cada vez mayor con el paso de los días.

Nuestro objetivo de voluntariado con Ayuda en Acción y The Water Van Project era repartir unos 150 filtros potabilizadores de agua a las familias más vulnerables de varias comunidades, en las que el agua potable, tal como la conocemos aquí, no existe: recogen el agua de vertientes, pozos, ríos, … cualquier sitio del que emane agua es suficiente. Hay algunas familias que incluso cuentan con una pileta de agua en su propia casa, pero sea como sea, el agua que suelen utilizar transporta deshechos orgánicos y suciedad que la hace perjudicial para el consumo. Con estos filtros hemos conseguido llevar el agua potable a unas 2000 personas durante más de 10 años.

El día a día en Bolivia

Cada día nos despertábamos a las 6 de la mañana, preparábamos el desayuno y “ahorita mismo” nos poníamos en marcha. Tras dos o tres horas de coche llegábamos a la comunidad, donde las familias se habían reunido en la escuela para recibir los filtros y las instrucciones para su mantenimiento. Cada llegada de nosotros, los voluntarios y voluntarias de Ayuda en Acción, era una fiesta para ellos: himnos, bailes, poesías… Todo era poco para mostrarnos su agradecimiento por la ayuda que les íbamos a dar, pero lo que ellos no sabían era que realmente éramos nosotros quienes la estábamos recibiendo.

Las visitas a las comunidades no solo consistían en el reparto de filtros, sino que hacíamos unos talleres sobre higiene y la importancia del agua para prevenir enfermedades. En ocasiones, nos encontrábamos con una barrera idiomática, ya que la mayor parte de estas comunidades únicamente se habla quechua, pero la verdad es que ni esa barrera impedía que tanto niños como adultos se involucraran en el proceso. Así, en la parte práctica con cada una de las familias que recibían el filtro, intentábamos asegurar que entendieran tanto su funcionamiento como las necesidades de mantenimiento.

Infancia

Quienes más me impresionaron en mi experiencia de voluntariado fueron las mujeres, con un falso papel secundario, porque ellas son las que hacen que toda la maquinaria de las comunidades se ponga en marcha. Ellas, desde la distancia, nos miraban mientras explicábamos el funcionamiento de los filtros, mientras se ocupaban de los bebés o de la comida que estaban preparando. Era emocionante ver cómo, sin saber una sola palabra de castellano, habían entendido todo y podían montar los filtros sin ningún problema.

Repartidos los filtros y ya fuera del guión, comenzaba la parte más divertida: partidos de futsal  y de básket, equipos de balón prisionero, el juego del pañuelo, … y miles de anécdotas que hacían que cada día se convirtiera en un montón de recuerdos inolvidables que hacían que volviéramos “a casa” teniendo la sensación de llevarnos mucho más de lo que habíamos dejado.

El viaje de nuestras vidas

Es curioso cómo vivir experiencias tan intensas te acerca de una manera mucho más humana a las personas, cómo te acostumbras a levantarte por la mañana y encontrar un cerdito en la puerta, o cómo se le puede tomar cariño de una manera tan intensa a un niño que te ha enseñado el cuaderno del cole y que ha perdido uno de sus zapatos por correr tras el coche para despedirse de ti.

Pero llegó el día de volver a España. Lo recuerdo perfectamente: me parecía rarísimo el hecho de tener en un mismo espacio el wc, el lavabo y la ducha. Pero lo que más me movía por dentro era abrir el grifo y que saliera agua limpia. Algo que había sido completamente normal en nuestras vidas, de repente era una sorpresa.

La experiencia del voluntariado ha supuesto una toma a tierra, una conexión con lo humano, un parar y dejar correr para levantar la vista y, aunque suene a tópico, apreciar lo que de verdad importa.

Bolivia me ha aportado mucho más que lo que yo aporté allá, sin duda. Cuando empezamos la aventura, éramos cinco desconocidos que compartían una ilusión: viajar a un país lejano y acercar el agua potable a cientos de personas. Hoy somos cinco amigos con una experiencia común increíble: el viaje de nuestras vidas.