¿Cómo explicar a un niño o una niña que el patio de recreo ya no es un lugar para jugar, sino un lugar de riesgo? Para muchos niños y niñas de la región de Afar, en Etiopía, estas no son solo preguntas: son la realidad de una infancia robada. Allí, los ecos del juego han sido reemplazados por el pesado silencio de la inestabilidad.
En lugar de un acceso constante a las aulas, muchos han tenido que enfrentar continuos desplazamientos, así como la pérdida sistemática de infraestructuras educativas. En un mundo cada vez más frágil, la escuela ya no es solo un lugar para aprender: es un refugio esencial para sanar y un salvavidas que permite recuperar la estabilidad que todo niño y niña merece.
La historia de Sofía: del miedo al voleibol
Sofía Mohammed tiene doce años y estudia sexto grado en la escuela primaria y secundaria Huletgna Badule, en Ewa Woreda, una de las zonas más afectadas por el conflicto. Como miles de familias de la región, la suya tuvo que abandonar su hogar en busca de seguridad.
Incluso cuando la violencia disminuyó, volver a la escuela no era tan sencillo. “Durante mucho tiempo, incluso después de que el conflicto disminuyera, no me sentía segura enviando a Sofía de vuelta a la escuela. Ahora, gracias al apoyo de Ayuda en Acción, mis hijos se sienten seguros y con ilusión de ir a la escuela cada día”, dice su madre.
De terrenos dañados a espacios seguros: qué está cambiando en Afar
Para apoyar a niños y niñas como Sofía, Ayuda en Acción, en colaboración con AISDA, puso en marcha una iniciativa dirigida a transformar siete escuelas de los distritos de Chifra, Ewa y Gulina en espacios de aprendizaje seguros y libres de violencia. Mediante la entrega de kits recreativos —que incluyen balones de fútbol, voleibol, cuerdas para saltar, libros de cuentos y juegos de mesa— el proyecto ha contribuido a convertir terrenos escolares previamente dañados en entornos protegidos y activos. El profesorado señala que estos recursos han creado un fuerte “factor de atracción”, aumentando significativamente el entusiasmo del alumnado y mejorando la asistencia a clase.
Pero el impacto va más allá de los números. Más allá del componente recreativo, estas actividades también apoyan la recuperación psicológica. A través del juego estructurado, la infancia recupera la confianza, fortalece el trabajo en equipo y supera el impacto emocional de una crisis prolongada. El alumnado afirma que el juego ha vuelto a hacer que la escuela sea un lugar acogedor: “el voleibol y todos los juegos en la escuela son muy divertidos! ¡Me encanta ir a la escuela!”, dice Sofía.
Mientras tanto, el profesorado observa una reducción de comportamientos agresivos y una mejor convivencia en el aula. Al restituir el derecho al juego a 3953 estudiantes, esta colaboración está ayudando a que la infancia de Afar recupere la esperanza y vuelva a conectarse con el aprendizaje.
Este proyecto ha sido posible gracias a la financiación de la Agencia Vasca de Cooperación para el Desarrollo (AVCD), la Diputación Foral de Bizkaia (DFBizkaia) y Ayuda en Acción.
Ningún niño debería tener miedo de ir a la escuela
La educación en zonas de conflicto es una de las crisis humanitarias más invisibilizadas del mundo. Cuando las bombas dejan de escucharse, las cicatrices permanecen. Y la infancia que ha vivido el desplazamiento, la pérdida y el miedo necesita mucho más que cuatro paredes y una pizarra.
Necesitan, en cambio, sentir la seguridad en sus vidas. Necesitan jugar. Necesitan saber que el mundo mantiene un compromiso con su futuro.
Lo que ocurre en Afar gracias a nuestro proyecto es una demostración más de que transformar la realidad de la infancia es posible. Una muestra de que con recursos y voluntad, una escuela puede volver a ser lo que siempre debió ser: un lugar donde los niños quieran estar.