Honduras enfrenta una crisis multidimensional marcada por altos niveles de pobreza, desigualdad y vulnerabilidad climática, especialmente en zonas rurales e indígenas. Las comunidades indígenas, que representan el 7,4% de la población, sufren inseguridad alimentaria crónica, desnutrición infantil y acceso limitado a servicios básicos. La economía depende de las remesas y del trabajo agrícola precario, donde es común el trabajo infantil. La cobertura educativa es baja, con altas tasas de abandono escolar, especialmente en secundaria. La pandemia y fenómenos climáticos como los huracanes agravaron estas condiciones. En este contexto, la niñez especialmente la perteneciente a pueblos originarios enfrenta mayores riesgos de violencia, exclusión y vulneración de derechos, lo que demanda intervenciones integrales con enfoque de derechos, género e interculturalidad.