Cuando una persona crece en una situación de pobreza, la cicatriz que deja en su vida va mucho más allá del hambre. Según el Informe sobre el Estado mundial de la infancia (UNICEF, 2025), más de 417 millones de menores que viven en países de bajo y medio ingreso sufren privaciones graves en por lo menos dos áreas vitales para su desarrollo. Detrás de la cifra, no hay que olvidar que hay personas que crecen sin oportunidades, pero también sin bienestar emocional.
Hoy vamos a analizar cómo afecta la pobreza al desarrollo emocional de la infancia. Lo haremos analizando cinco formas en las que se manifiesta. ¿Te quedas para descubrirlas?
Miedo y tensión: los efectos emocionales de la pobreza
Quizás mañana no tengas comida. O este mes no puedas pagar el alquiler. Imagina crecer escuchando discusiones, viendo a tus padres agotados, preocupados, tristes o ausentes porque no saben cómo van a hacer para sacarte adelante. Y eso durante días, años, toda tu infancia.
Inevitablemente, vivir con esa tensión y ese miedo puede crear daños cerebrales irreversibles y difíciles (o imposibles) de gestionar cuando se trata de niños y niñas. Veamos por qué.
Un cuerpo en alerta permanente
Cuando vivimos en situación de peligro constante, el cuerpo humano genera altos niveles de cortisol, la hormona del estrés. Sin embargo, vivir en una situación permanente de alerta genera una situación llamada de “estrés tóxico”. En cerebros en desarrollo, este tipo de estrés genera daños profundos a largo plazo: dificultad para regularse emocionalmente, para concentrarse, confiar en los demás o afrontar retos cotidianos.
Una herida que no se ve, pero se siente
A nivel físico no deja marcas. Pero la herida queda para toda la vida. Durante la propia infancia, los niños que viven en la pobreza pueden explotar ante cualquier imprevisto, o por el contrario pueden encerrarse en sí mismos. Muchos de ellos, cuando llegan a la pubertad, abandonan sus estudios porque sienten que no les servirá de nada. Y es que la pobreza borra todo rastro de previsibilidad y seguridad en el entorno.
¿Cómo ayudar a la infancia?
Las ausencias de las familias: cuando padres y madres no están (o no como quisieran)
La mayoría de familias con las que hemos trabajado a lo largo de los más de 40 años de historia de Ayuda en Acción quieren lo mejor para sus hijos: sueñan con un futuro mejor para darles. Pero también la mayoría deben elegir cada día entre trabajar durante largas jornadas de trabajo o acompañar a sus hijos e hijas en su día a día. La pobreza obliga a muchas familias a perderse gran parte de la infancia de sus hijos e hijas.
Sobrevivir absorbe toda la energía
Y es que el estrés por la precaridad reduce el tiempo para dar apoyo emocional a los menores. No falta amor, sino fuerzas físicas y capacidad de atención. La energía de millones de personas con hijos e hijas se consume en resolver sus problemas de supervivencia. La crianza, lamentablemente, queda en un segundo plano. A nivel psicológico, esto se conoce como “agotamiento de la capacidad de atención”.
El apoyo emocional con la infancia genera lo que llamamos apego seguro. Y es ese apego el que ayuda a gestionar emociones o a confiar en el resto de personas.
La vergüenza de la pobreza
Aunque raramente se expresa, es común que los niños y niñas que viven situaciones de pobreza sientan vergüenza.
No poder disfrutar de actividades extraescolares, vestir con ropas ajadas, no poder invitar a amigos a casa, no poder compartir con ellos sus juguetes nuevos… Todo ello hace que la vergüenza se apodere de los más pequeños, interfiriendo en sus relaciones sociales, tan necesarias en la infancia.
Y esto no ocurre solamente en contextos de pobreza extrema. En países de renta alta existen unos 50 millones en situación de pobreza relativa, que sufren exactamente la misma sensación que describíamos antes, y que daña la autoestima y la socialización. Además, desarrollan con más frecuencia episodios de ansiedad, tristeza o aislamiento, ya que muchas familias optan por relacionarse menos para no poner en evidencia su situación (aunque ello pueda privar a los niños de acceso a apoyo social.
Daños físicos de la pobreza
A día de hoy, más de 580 millones de niños y niñas sufrirían situaciones de falta de acceso a bienes básicos (alimentación, vivienda o acceso a agua o saneamiento). El hambre, la inestabilidad emocional familiar o precariedad también genera efectos físicos en la infancia. Si no se tiene acceso a una buena alimentación, la energía es insuficiente para abordar situaciones de aprendizaje, pero también de gestión de las emociones. El desarrollo del cerebro emocional es fundamental en los primeros años de vida.
El cerebro de un niño/a sometido a una situación de estrés permanente no tiene tiempo de descansar. No le da tiempo a confiar ni a construir la seguridad en sí mismo/a que necesita para crecer de forma sana.
¿Cómo ayudar a la infancia?
La pobreza se hereda (y también el daño emocional)
Los datos lo confirman: cuando un niño/a crece en situación de pobreza, tiene más posibilidades de hacerlo también en su edad adulta. Y así sucederá, también, cuando tengan hijos e hijas. Porque la pobreza se hereda, y todo el estrés, la exclusión, la falta de apoyos o la imposibilidad de acceder a derechos básicos, causan una huella imborrable en su vida (y en las de quienes vendrán después de esos niños y niñas).
La pobreza tarda más en reducirse cuando se trata de la infancia
Tanto el Banco Mundial como UNICEF señalan que la pobreza extrema se reduce a un ritmo menor cuando se trata de la infancia, si lo comparamos con otros grupos de edad.
En África Subsahariana más de la mitad de la infancia vive en situación de pobreza extrema, y las cifras llevan años estancadas. Todo lo que conlleva a nivel emocional la pobreza hace que los niños y niñas sientan que es un obstáculo casi imposible de superar para acceder a educación, el día de mañana a un empleo y en definitiva, a una vida con oportunidades.
En Ayuda en Acción apostamos por el desarrollo integral con la población y los territorios con los que trabajamos. Por eso, acompañamos a las personas desde diferentes puntos de vista para ayudarles a superar la pobreza. Ejemplo de ello es el apadrinamiento, a través del cual, gracias al apoyo de personas (padrinos y madrinas) que apoyan a grupos de niños y niñas a tener un futuro mejor, se apoya a toda la comunidad en la que viven desde un punto de vista integral. Trabajamos todos y cada uno de los aspectos que pueden afectar a la infancia y al entorno que les rodea.
Por eso el desarrollo integral importa
En Ayuda en Acción entendemos el desarrollo como algo que va mucho más allá de construir escuelas o llevar agua potable a una comunidad. Se trata de acompañar a niños, niñas y familias en todas sus dimensiones: la física, la educativa y también la emocional. Porque un niño que tiene cubiertas sus necesidades básicas pero que crece con miedo, con vergüenza o sin vínculos afectivos sólidos, sigue siendo un niño que no puede desarrollar todo su potencial.
Qué hacer para mejorar el desarrollo emocional de la infancia en situación de pobreza
El difícil pero no imposible. El círculo de la pobreza puede romperse. Para ello, es imprescindible comenzar a actuar de forma temprana, prestando apoyo psicosocial pero también garantizando el acceso a los derechos más básicos. Además, es fundamental potenciar las redes comunicarías de cuidado (razón por la que desde Ayuda en Acción insistimos en la importancia de trabajar con toda la comunidad a través del apadrinamiento).
Cuando se desarrollan políticas de protección social que ponen a la infancia en el centro, se han alcanzado buenos resultados en cuanto a la reducción de la pobreza infantil. Algunas herramienta que lo permiten son las transferencias económicas directas, los programas de estimulación temprana o el acceso universal a servicios de salud mental.
Pobreza es mucho más que vivir sin dinero
Vivir en situación de pobreza no es una cuestión meramente económica, sino que implica, por tanto, mucho más. El miedo, la vergüenza, la falta de redes de apoyo, la falta de descanso… todo ello implica profundizar en la herida de la pobreza, que siempre deja cicatriz, sobre todo para la infancia.