Hace unos meses vi en Instagram el concurso “Las calles también hablan” y no dudé en participar. La iniciativa, organizada por Ayuda en Acción, buscaba visibilizar injusticias sociales que afectan a la juventud, y la persona ganadora tendría la oportunidad de hacer un voluntariado en Colombia. No me lo pensé. Desde el principio me emocionó la idea de aportar y aprender sobre una realidad diferente.

Después de pensar varias temáticas, elegí centrarme en el derecho a una educación digna, un tema que me apasiona. La desigualdad de oportunidades en el acceso a la educación para la juventud es un problema que considero clave y urgente. Viví el proceso con expectación y mucha ilusión. Tras semanas de nervios, recibí la noticia: mi propuesta había sido la ganadora y tenía que preparar las maletas rumbo a Colombia. Iba a tener la posibilidad de trabajar con una organización tan inspiradora como Ayuda en Acción y viajar a un país que siempre había querido conocer.

Mi llegada a Colombia


Antes de viajar tuve reuniones de preparación, pude conocer el equipo con el que iba a trabajar y me detallaron el plan de actividades en el marco del proyecto de Derechos Humanos, violencia basada en género y cultura de paz donde iba a apoyar. La emoción era inmensa, aunque también sentía vértigo y decidí investigar todo lo que pudiera para entender mejor el contexto, la cultura y costumbres de la zona donde estaría realizando el voluntariado.
@ayudaenaccionDe España a Colombia con una idea clara: aportar y aprender 🌍 Así ha sido el voluntariado de Alba, acompañando a comunidades que no dejan de soñar con un futuro mejor 💛 - Parte 1.♬ sonido original - Ayuda en Acción




La llegada fue maravillosa. Me recibieron con calidez, conocí al equipo nacional en Bogotá y al equipo regional en El Carmen de Bolívar. Me compartieron información sobre Montes de María, una región de bosque seco tropical, rica en biodiversidad y habitada por comunidades campesinas, afrodescendientes e indígenas. Su cultura es vibrante, llena de música como gaitas, cumbia y fandango, además de una gastronomía deliciosa y una producción agrícola abundante. Pero también conocí la otra cara de la historia: Montes de María ha sido una de las regiones más afectadas por el conflicto armado en Colombia. Durante los años 90 y 2000 sufrió la violencia de guerrillas y grupos paramilitares con masacres, desplazamientos y violaciones de derechos humanos que han dejado huellas profundas en su gente. Sin embargo, hoy es un territorio en proceso de recuperación social y económica, donde las comunidades impulsan proyectos de memoria, cultura, desarrollo rural, turismo comunitario y producción sostenible.

Un voluntariado lleno de aprendizajes


Durante mi estancia de voluntariado he realizado diferentes actividades. He acompañado al equipo en las actividades sobre derechos humanos, cultura de paz y prevención de violencias basadas en género, en distintas localidades como Mahates, San Juan de Nepomuceno, María La Baja y El Viso. He participado en un rodaje que recogía testimonios de beneficiarios, alcaldías y líderes sociales comprometidos con los derechos de las mujeres y la construcción de paz. He asistido a las jornadas de asesoría psico-jurídica dirigidas a actores locales sobre prevención, atención y acceso a la justicia en el marco legislativo. Y he colaborado en el diseño de propuestas de política pública impulsadas por la Red de Mujeres Rurales del Norte de Bolívar (RMRNB) y otras organizaciones de la sociedad civil. Con ellas, además, trabajamos campañas de sensibilización para promover cultura de paz, igualdad y prevención de la violencia contra las mujeres. Una parte muy especial de mi viaje fue la colaboración en un colegio del municipio, apoyando una materia sobre Educación integral para la sexualidad. Allí pude ver el valor de una educación que empodera a la juventud, ayudándola a construir relaciones más sanas, respetuosas y libres de violencia.
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Una de las iniciativas que más me impactó fueron las escuelas itinerantes. Estos espacios ofrecían clases personas de todas las edades, enfocándose en la prevención de la violencia de género y la promoción de una cultura de paz. No eran lecciones formales, sino lugares de encuentro donde se compartían saberes, experiencias y apoyo mutuo. Me sorprendió ver la disposición de la comunidad para aprender y crecer colectivamente en busca de cambios reales. Admiré la ilusión de los y las docentes y la participación activa de quienes asistían. Más allá del aprendizaje, las personas encontraban un espacio para disfrutar, hacer amistades y tejer redes que fortalecían el sentido de comunidad.

Descubrí que el voluntariado no es un viaje para dar, sino un intercambio profundo


Entre aprendizajes, trabajo en equipo y convivencia con las comunidades, los días se llenaron de momentos que me marcaron para siempre. Conocí historias de resistencia, proyectos inspiradores y, sobre todo, la calidez de la gente que me recibió como una más. Descubrí que el voluntariado no es un viaje para dar, sino un intercambio profundo.

Llegas pensando en lo que puedes aportar, pero vuelves con mucho más, nuevas habilidades, independencia, confianza y la certeza de que las pequeñas acciones pueden transformar realidades y tienen un gran impacto.

Aprendí de la fuerza de las mujeres, verdaderos motores de cambio, y de la importancia de la seguridad para construir comunidad. La hospitalidad de la gente era desbordante: siempre atentos, con una sonrisa y volcados en que me sintiera a gusto. La diversidad cultural de la región me cautivó. Ya disfrutaba la cumbia, pero fue un regalo descubrir el vallenato y la champeta, llenas de alegría contagiosa. Y me llevo la imagen de las calles llenas de vida, que luego se extrañan en el silencio y esas mañanas de arepa de huevo que jamás olvidaré.

Hoy sé que este voluntariado no fue solo un mes en el Caribe colombiano. Me voy con la convicción de que los derechos humanos no son una teoría, sino una práctica cotidiana defendida en cada vereda, en cada escuela y en cada gesto de dignidad.

El voluntariado me ha inspirado para seguir trabajando por un mundo más justo


Un voluntariado que me ha cambiado la vida. Me ha brindado la oportunidad de crecer en múltiples ámbitos: desarrollo profesional, aprendizajes en un contexto diferente y descubrir nuevas formas de vida. A menudo damos muchas cosas por sentadas, pero hay tantas realidades como personas en el mundo, y de cada una se puede aprender infinitamente.

Conocer otros lugares en profundidad me ha permitido comprender dinámicas sociales y conectar con comunidades diversas.

No todo fue fácil: hubo días largos, condiciones duras, calor intenso, mosquitos y dificultades de conexión. Sin embargo, esos retos son parte de la experiencia porque me enseñan a adaptarme, a ser creativa y valorar lo esencial. Lo más importante es mantener la disposición, el respeto y ser flexible ante lo desconocido.

Para mí, este voluntariado me ayudó a sentir la fuerza de las comunidades que, pese a las heridas del conflicto, siguen apostando por la educación, la cultura y la memoria. Hoy guardo la certeza de cómo la experiencia me ha transformado y me ha inspirado para seguir trabajando por un mundo más justo.

 

*Artículo escrito por Alba Martínez.