Durante siglos los menores han estado desprotegidos, muchas veces, por políticas absolutistas que les impedían acceder a la educación y los esclavizaban en trabajos desde muy temprana edad. En muchos casos, la educación, la alimentación, el derecho al juego, etc. estaba garantizado solamente para hijos de familias con posibilidades económicas. La mayoría de los niños, sin embargo, crecían sin poder disfrutar de la infancia y de todos los derechos que tienen por el mero hecho de ser niños.

Durante siglos y milenios, los niños eran uno más en la familia, ejerciendo el trabajo en los campos y en otros oficios. Y la pobreza y el hambre siempre acechaban. Esto hacía que la infancia no tuviera las condiciones necesarias para su desarrollo integral. La Declaración de los Derechos del Niño supuso un antes y un después para la conquista de sus derechos fundamentales.

Origen y evolución de los derechos del niño


Antes del siglo XX la infancia no tenía derechos reconocidos a nivel internacional. Carecían, en definitiva, de protección legal alguna. Cada territorio imponía sus propias normas y durante años solo no se habían tenido en cuenta las necesidades de muchas familias con los más pequeños de la casa.

Los niveles de pobreza, hambre y analfabetismo eran muy altos en muchos países del mundo. Como causa y consecuencia, estaría la necesidad de que los niños trabajaran como uno más.

Cuando empezó la Gran Guerra, el panorama mundial sufriría un revés muy importante. Se sumaban a la necesidad de miles de familias los estragos de una guerra que afectaba de manera directa a los niños que vivían en las ciudades involucradas en ella. Otros perdieron a sus padres y se convirtieron en huérfanos, cuando no perdían la vida por el fuego enemigo.

La Declaración de Ginebra de 1924: un primer paso global


En 1924, la Sociedad de Naciones aprobó la Declaración de Ginebra, donde se reconocieron por primera vez los derechos de la infancia.

Aunque te pueda parecer escasa esta propuesta, al solo contener cinco puntos, conseguía, sin embargo, reunir todas las necesidades a cubrir en esa época.

Desarrollo material y espiritual


En él resaltaba la importancia de ofrecer condiciones eficientes para lograr condiciones que favorecieran la salud de la infancia, así como su bienestar y su formación moral. Debía estar garantizado el derecho a desarrollarse sin amenazas físicas o espirituales.

Necesidades vitales del menor


Alimentar al hambriento, dar un techo al que no lo tiene o atender al enfermo. También, aunque de manera muy dispersa, había una referencia a lo imprescindible de su educación.

Atención ante calamidades


La tercera propuesta hacía hincapié en la atención de la infancia en caso de socorro y calamidad. En casos de maltrato, abandono o explotación de un menor, la comunidad debía rescatarlo, darle el cuidado necesario y ayudarle a tener las herramientas necesarias para reconstruir su vida. La protección iba más allá de lo físico, puesto que implicaba garantizar estabilidad, afecto y oportunidades reales de recuperación.

Protección y autonomía


Un cuarto punto iba dirigido a condicionar la protección y buena vida del menor, con el propósito de hacerlo independiente y autosuficiente. Es decir, establecía la necesidad de trabajar por que la infancia recibiera recursos necesarios para su formación con el objetivo de valerse por sí misma en un futuro. Educación, cuidados y entornos seguros irían en este punto.

Formación moral y social


Establecía la necesidad de que la infancia se educara en valores que fomentaran la cooperación, la comprensión o el respeto. Se centraba en la cualidad de darle valores morales con el fin de ayudar a su prójimo y fortalecer su sentimiento del deber con sus semejantes y consigo mismo.

De Ginebra a la Convención de los Derechos del Niño


Desde 1924 y hasta 1989, año en que se firma la Convención de los Derechos del Niño, los derechos de la infancia experimentaron una gran transformación: de una declaración breve de buenas intenciones a un marco jurídico universal y vinculante, gracias al que los niños y las niñas se convertían en sujetos de derechos.

La Declaración de Ginebra era, sobre todo, una declaración moral que no obligaba a los Estados en su cumplimiento. Pero con el surgimiento de la ONU, esta actualizó y amplió los cinco principios de la Declaración de Ginebra. En 1959 nació la Declaración de los Derechos del Niño, que amplió a 10 los principios, introduciendo derechos sociales, económicos y culturales (educación, salud y protección especial). Así mismo, afirmó que el niño debía crecer “en un ambiente de amor y comprensión”. Sin embargo, carecía de mecanismos de control.

En 1989, por fin, se celebra la Convención sobre los Derechos del Niño, que representa, ahora sí, una gran ampliación de los derechos de la infancia. A partir de ese momento, los derechos de los niños eran jurídicamente vinculantes para los Estados que los ratificaran. Las ampliaciones clave se basan en el reconocimiento de los niños y niñas como sujetos de derecho, lo que les confiere además derechos como la libertad de expresión, pensamiento, acceso a información, protección jurídica, identidad y nacionalidad.

Además, la Convención introduce cuatro principios rectores: no discriminación, interés superior del niño, derechos a supervivencia y desarrollo, y derecho a ser escuchado y a participar.

Además, esta ampliación introduce temas que ni siquiera se habían mencionado en los textos anteriores, como el trabajo infantil, la explotación sexual, el papel de los menores en los conflictos armados, refugio y justicia juvenil especializada.

La Convención, además, obliga a los países que la ratifiquen a adaptar sus leyes, invertir recursos en la protección de la infancia y a rendir cuentas ante un comité internacional.

Al año siguiente, en 1990, entrarían en vigor estos derechos, que a día de hoy siguen vigentes.

Principios fundamentales de la Convención


Por primera vez en la historia, se consiguen reconocer los derechos de los niños con la misma equiparación que los de los adultos.

Se consiguen aprobar 54 artículos, los cuales deben seguir los distintos Estados comprometidos a ellos. Estos artículos se resumen en tres principios fundamentales: la universalidad de los derechos, su indivisibilidad y la interdependencia entre ellos. Son sus pilares básicos.

De esta forma, se garantiza que ningún derecho tiene más valor que otro, sino que todos deben respetarse y afianzarse por igual. Así, al mirar por el bien de la infancia, tampoco se debe mirar nacionalidad, raza, religión o jerarquía.

Universalidad


Todos los niños y niñas, por el mero hecho de serlo, tienen los mismos derechos, sin tener en cuenta su nacionalidad, religión, género, etnia, condición económica o situación personal.

Este principio asegura que la protección y los beneficios de la Convención no sean selectivos, y refleja la idea de que la infancia merece respeto y dignidad, sea donde sea.

Indivisibilidad


Todos los derechos tienen el mismo valor y no se pueden priorizar unos sobre otros. De esta manera, derechos como la libertad de expresión o la identidad serán igual de importantes que el derecho a la educación o a la alimentación, entre otros. Todos los derechos, además, se refuerzan mutuamente.

La indivisibilidad obliga a los Estados a aplicar los derechos de manera integral y equilibrada para no generar así que haya niños o colectivos de menores que estén en desventaja respecto a otros.

Interdependencia


Como decíamos antes, los derechos de la infancia están conectados y se apoyan entre sí. No se puede disfrutar plenamente de un derecho si hay otro que no se cumple.

Los derechos de la infancia no actúan, por tanto, de forma aislada.

Derechos esenciales del niño


Como decíamos antes, se acordaron 54 artículos que regulan y garantizan el cumplimiento de los derechos de la infancia. Todos son igual de importantes, dado que están interconectados y no es posible el disfrute pleno de uno si otro no se cumple.

La importancia de esta convención ha significado un logro mayúsculo en la preservación de la integridad infantil. No solo se ha conseguido una mayor presión por parte de los países que firmaron dichos acuerdos sobre el resto de territorios, sino que se recuerda constantemente la necesidad de proteger al menor en cada instante.

Hoy, queremos hablarte de algunos de los más conocidos:

Derecho a la alimentación


Cada niño y cada niña tiene derecho a recibir alimentos suficientes y adecuados para crecer en las condiciones necesarias para su crecimiento. La sociedad y los Estados deben garantizar, por tanto, que no haya niños que sufran hambre o desnutrición.

Derecho a un hogar y familia


La infancia tiene derecho a vivir en entornos seguros y donde el afecto sea generalizado. Se articula la familia como núcleo de protección, fundamental para su desarrollo. Si por las condiciones que sea, el niño o la niña no pueden vivir con su familia biológica, igualmente tienen derecho a ser cuidados y protegidos en otro hogar que les dé afecto y estabilidad emocional y física.

Derecho a la salud y bienestar físico/mental


Existe el derecho de acceso a servicios de salud que permitan a los niños y niñas crecer sanos, prevenir enfermedades y recibir tratamientos, en caso de ser necesario. No excluye la salud mental, asegurando el bienestar emocional necesario para un desarrollo adecuado.

Derecho a una identidad (nombre, nacionalidad, filiación)


Nombre, nacionalidad y filiación reconocida. Son tres derechos que garantizan el reconocimiento legal y social de la infancia, protegiendo su derecho a pertenecer a una comunidad y a ejercer otros derechos.

Derecho al juego y a no trabajar


El juego es parte esencial del desarrollo humano, clave en las primeras etapas de la vida. No es un lujo ni un capricho, ni algo exclusivo para las clases más adineradas. Así mismo, se establece el derecho de la infancia a no trabajar, algo que lamentablemente a día de hoy no sigue respetándose en multitud de países que han ratificado la convención.

Retos actuales en la protección de la infancia


Es cierto que en las últimas décadas se han producido numerosos avances en cuanto a derechos de la infancia se refiere. Pero también hay que decir que, aún hoy, existen grandes desafíos que limitan esos derechos. Hablemos de los que más se repiten:

Persistencia del trabajo infantil


Aún a día de hoy existen millones de niños y niñas en todo el mundo que trabajan: la agricultura, la minería o el trabajo doméstico son algunos de los trabajos más repetidos que llevan a cabo los niños. Muchos de ellos lo hacen en condiciones peligrosas o de explotación.

Tener que trabajar impide que asistan a la escuela y que, por tanto, no vean su desarrollo emocional y físico progresar como debería.

Matrimonio infantil y violencia


El matrimonio a edades tempranas, muchas veces de forma obligada por las familias, sigue siendo una práctica común en muchos países. De esta forma, se expone sobre todo a las niñas a casos de violencia, explotación y abandono educativo.

Falta de acceso a educación y salud en países vulnerables


En muchos contextos, especialmente en aquellos donde predomina la pobreza o donde existen conflictos, los servicios de educación y salud brillan por su ausencia. Eso hace que tengan menos oportunidades de desarrollarse de forma adecuada, perpetuando así la desigualdad y aumentando su vulnerabilidad.

Impacto del cambio climático y los conflictos


Hoy en día, sin duda, es uno de los grandes retos a los que nos enfrentamos desde el prisma de la infancia. Desastres naturales, cambio climático y conflictos armados desplazan a familias, destruyen infraestructuras y generan situaciones de emergencia que afectan de manera directa la vida de los niños y las niñas.

Nos enfrentamos, por tanto, a desafíos extraordinarios en algunos casos, pero también a otros de problemática estructural. Y lo cierto es que, aunque todos estos derechos están reconocidos y los Estados están obligados a dar cumplimiento, la situación de pobreza, inestabilidad, etc. impide su cumplimiento efectivo.

Cómo trabaja Ayuda en Acción por los derechos del niño


Ayuda en Acción nació en 1981 centrando gran parte de su trabajo en la infancia, a través del apadrinamiento. Por tanto, el trabajo por los derechos del niño es algo intrínseco a nuestra organización. Nuestro modelo combina intervención directa, empoderamiento comunitario y acciones de incidencia social y política.

De esta forma, impulsamos proyectos que contribuyen a que los derechos a educación, alimentación, protección y salud se cumplan, siempre con el ojo puesto en las familias en situación de mayor vulnerabilidad. Trabajamos también en la creación y el fomento de entornos seguros que favorezcan un desarrollo integral adecuado para cada edad, desde la infancia hasta la juventud, pasando por la adolescencia.

Promovemos igualmente la participación social de la infancia en sus propios contextos con proyectos como las radios escolares y comunitarias tanto en España como en otros países (Perú, por ejemplo), junto con otras actividades de incidencia y sensibilización.